Plus.: Large scale housing development. An exceptional case

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9788425221637: Plus.: Large scale housing development. An exceptional case
Extrait :



Texto de la introducción:

Recuperar el Movimiento Moderno

por Ilka y Andreas Ruby

Los arquitectos franceses Druot, Lacaton y Vassal formulan una nueva estrategia para la regeneración de los grandes conjuntos de viviendas en Francia.

Sucedió sin que nos diésemos realmente cuenta de ello no podemos decir con exactitud cuando empezó. Nos ha sido susurrado tantas veces al oído que casi hemos llegado a acostumbrarnos a contemplar el Movimiento Moderno como algo cerrado en sí mismo. Acaso un intento heroico el de romper con la historia, pero en definitiva un fracaso. Entretanto, hemos llegado a un lugar en la historia de la arquitectura que se sitúa en un momento anterior al Movimiento Moderno. Para los protagonistas de la retaguardia contemporánea, la auténtica patria histórica del presente se encuentra en ese pasado, que en realidad nunca existió. Aparece un nuevo Estilo Internacional que, por segunda vez, intenta revestir homogéneamente al mundo. Su origen está en Poundbury, la ciudad ideal que el arquitecto luxemburgués Léon Krier construyera a comienzo de la década de 1990 siguiendo el encargo del príncipe Carlos de Inglaterra. Mientras tanto, los Países Bajos, en su día campo de ensayo del Movimiento Moderno, se están convirtiendo en el apara- dor del tradicionalismo contemporáneo. Al mismo tiempo que la política cultural holandesa oficial emplea el SuperDutch país como tarjeta de presentación internacional, en las aglomeraciones suburbanas surge una serie de verdaderas pequeñas ciudades de corte tradicional. Para satisfacer el deseo de una vivienda de ensueño en los suburbios y, a la vez, escapar al carácter impersonal de la periferia, algunos arquitectos neo-conservadores -como Rob Krier y Christoph Kohl- comenzaron a proyectar numerosos barrios de casas unifamiliares en las poblaciones suburbanas contemporáneas, verdaderos parques temáticos a modo de paisajes fantásticos con identidades seudo-históricas. Simultáneamente, tuvo lugar un cambio en el clima político de la sociedad holandesa, que dejó de ser el lugar de la tolerancia multicultural para convertirse en la morada de un nacionalismo que ve en el inmigrante el chivo expiatorio de la nación y desearía devolverlo nuevamente ‘a casa’.

En Alemania, esta vuelta al pasado fue consumada en la década de 1990 bajo la máxima de la autenticidad histórica. La espectacular reconstrucción de la iglesia de Santa María de Dresde, destruida en la II Guerra Mundial, restituyó el edificio que llevaba 40 años en ruinas. El empleo correcto de las piedras originales que aún se conservaban fue posible gracias a una simulación asistida por ordenador realizada por la empresa IBM. En la llamada ‘reconstrucción arqueológica’ se simulaba el desplome del edificio tras ser alcanzado por una bomba el 13 de febrero de 1945. Dando marcha atrás a esta animación era posible determinar la localización original de cada piedra apilada en el montón de ruinas. Esta reescenificación del desplome de la iglesia marcha atrás es el diagrama ideológico de una interpretación ahistórica y fetichista del pasado. A partir de ese punto, el urbanismo sólo puede existir como una combinación de reconstrucción y restauración. Siguiendo el mismo principio, se están reconstruyendo las casas burguesas barrocas del barrio que rodea la iglesia, restituyendo la parcelación antigua y las fachadas originales. Contrariamente a Holanda, dónde el pasado sagrado se levanta sobre eriales, en Dresde, para poder recrear el estado ‘histórico’, ha sido necesario derribar edificios contemporáneos -como si, de un modo u otro, el presente más inmediato no fuera también una parte de la historia-. Esta extraña forma de evolución hacia atrás en Dresde no constituye un caso aislado dentro de la política arquitectónica alemana sino que se ha convertido desde hace tiempo en su ‘modus operandi’. En 1950, el gobierno de la anterior República Democrática hizo derrumbar el Stadtschloss de Berlín por motivos ideológicos para, entre 1973 y 1976, erigir en el mismo lugar el Palacio de la República. Actualmente, este edificio está siendo derribado a su vez para así poder reconstruir de nuevo el antiguo Stadtschloss. Lo sorprendente es que el motivo de su destrucción no es que el uso haya quedado obsoleto, pues el sinfín de eventos culturales celebrados en el edificio durante los últimos años en el marco de las aclamadas Zwischenpalastnutzung demuestran claramente lo contrario. Aquello que incomoda a los partidarios políticos de la destrucción del presente en pro de la restitución del pasado es el carácter simbólico del Palacio de la República. Este colectivo ve únicamente el edificio como la representación del desaparecido régimen y no como un objeto en sí mismo, provisto de un potencial que una nueva interpretación contemporánea bien pudiera explotar. Erigido como símbolo de un estado antidemocrático, el edificio parece estar contaminado eternamente con las lacras ideológicas de sus promotores y tiene que sucumbir en la hoguera de la historia de la arquitectura. A la hora de enfrentarse a las biografías políticas de los edificios, se pone de manifiesto la arbitrariedad de este principio de culpa y expiación al constatar que quienes lo ponen en práctica sólo lo aplican a edificios de la República Democrática. Y sin embargo, sorprende su elocuencia cuando se trata de alegar razones sobre la adecuación de antiguos edificios nazis, como el Reichsbank o antiguo Ministerio del Aire, para albergar instituciones nacionales políticas tan importantes como el Ministerio de Asuntos Exteriores o el de Hacienda. La idea de que la arquitectura puede ser susceptible de culpa no sólo es absurda (dado que un edificio nunca es un objeto político) sino abiertamente adversas a la cultura. Pues, en gran medida, debemos nuestra cultura urbanística y arquitectónica al hecho de que muchos edificios han sobrevivido a los dogmas ideológicos de quienes los construyeron. Si el Partenón no hubiera sido transformado en una iglesia cristiana habría desaparecido. Del mismo modo, Santa Sofía no existiría de no haber sido convertida en mezquita. Muchos de los edificios más importantes de nuestra historia han sobrevivido gracias a los cambios ideológicos (y casi siempre también funcionales) que han sido operados en ellos durante las distintas épocas.

Claro está que los protagonistas de la actual demolición alegarían el derecho a preservar edificios como Santa Sofía y el Partenón por su indudable calidad arquitectónica -al contrario que el Palacio de la República-. Pero, ¿quién determina la calidad? Puesto que todo juicio indica tanto sobre quien lo dicta como sobre objeto juzgado, toda declaración de calidad está vinculada forzosamente a su época y no tiene una validez absoluta. De este modo, el renacimiento despreciaba el arte gótico por ver en él la representación de la bárbara Edad Media (de la que culpaban exclusivamente a los Godos). Tras la muerte de Johann Sebastian Bach en 1750, su música se olvidó durante un siglo, porque el clasicismo de comienzos del siglo xix no supo captar la imponente intimidad de la música sacra barroca. Sólo las generaciones posteriores supieron apreciar la valía y apropiarse de forma creativa de ella para la construcción de su identidad cultural.

También en nuestra época existen buenas razones para afrontar prudentemente los juicios emitidos sobre la cultura del pasado reciente. El que no seamos capaces de atribuir valor alguno a cierta arquitectura no legitima de ningún modo nuestro derecho a descalificar su existencia. Por el contrario, la creciente ‘retro-aceleración’ -tiempo transcurrido hasta que la cultura de una época pasada caída en el olvido vuelva a ser descubierta- evidencia la relatividad de todo enjuiciamiento cultural.

Considerando los retos urbanísticos que son demasiado importantes como para ser eliminados o ignorados -desde la disminución de los habitantes de las ciudades hasta el envejecimiento de la población urbana- el asirse a prejuicios establecidos resulta bastante arrogante. Sería más constructivo aproximarse a ellos con la actitud que propagara Rem Koolhaas en la década de 1990, que denominó ‘juicio suspendido’. El concepto de aplazar el juicio, introducido por Koolhaas ya en la década de 1980, fue un intento para que el arquitecto se confrontase nuevamente con realidades que una arquitectura, que se definía crítica, tendía a excluir. Koolhaas argumentaba con razón que, aunque la sociedad de consumo nos parezca alienante, estamos obligados a confrontarnos con ella, pues el acto de comprar impregna cada vez más nuestra vida cotidiana. De este modo Koolhaas abrió al discurso crítico una serie de áreas moralmente contaminadas hasta entonces. La estrategia del juicio suspendido, concebida como ética de la percepción, permite a la arquitectura confrontarse con la realidad en vez de reprimirla. Esta estrategia amplía la capacidad de acción de los arquitectos tanto más cuanto más crítica parezca la realidad a la que se enfrentan.

El principio fundamental del ‘Suspending Judgement’ sirve también de base del innovador estudio Plus. Con él los arquitectos franceses Frédéric Druot, Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal se centran en una realidad a la que hasta ahora las políticas arquitectónicas francesas habían tratado casi siempre con ignorancia: los barrios residenciales modernos construidos durante las décadas de 1960 y 1970 en la periferia de París. Los habitantes de estas Villes Nouvelles provienen en general de los niveles sociales con menor poder adquisitivo. Gran parte de ellos proceden del norte de África. La segregación social y étnica se precipita en un alto índice de paro y criminalidad. Las tensiones provocadas por esa situación confieren a la banlieue una mala imagen que los políticos quieren mejorar urgentemente. Según ellos la arquitectura es responsable de la imagen negativa de estos barrios, cuyas altas torres se ...

Présentation de l'éditeur :


In the 1960s and 70s many communal housing complexes were built in France and throughout Europe which, while they managed to relieve the pressing postwar need for housing, present serious shortcomings today. Frédéric Durot, Anne Lacaton and Jean-Philippe Vassal confront this set of problems from a new angle and propose the radical transformation of such housing in order to adapt it to current lifestyles.

'Never demolishing, subtracting or replacing things, but always adding, transforming and utilising them'. This is the premise on which the authors’ proposal is based. Proceeding from an analysis of the elements that go to form the housing, in a survey that moves from inside to outside the building, the authors rehabilitate the pleasure of being an occupant on the basis of a precise and delicate attitude that takes all pre-existing factors into account.

The result is the seven projects presented here, some posited as studies and others, the winning schemes of architecture competitions, which are the prolongation of the objectives and ideas developed in the first.

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1.

FREDERIC DRUOT
Edité par EDITORIAL GUSTAVO GILI, SPAGNA (2007)
ISBN 10 : 8425221633 ISBN 13 : 9788425221637
Neuf(s) Soft Cover Edition originale Quantité : 1
Vendeur
Galileo Alby
(Roma, Italie)
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Description du livre EDITORIAL GUSTAVO GILI, SPAGNA, 2007. Soft Cover. État : New. Etat de la jaquette : New. First Edition. LIBRO NUOVO / NEW BOOK. N° de réf. du libraire 000307

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