El Peso de las Raíces
Llegué a la capital con los bolsillos llenos del polvo de mi pueblo y el eco de mis vivencias infantiles golpeándome las sienes. En ese entonces, yo creía que la vida se construía sobre cimientos de mármol y promesas de justicia, estructuras imponentes que nada podría derribar.
Ignoraba que las columnas que sostienen el mundo no son de piedra, sino de una sustancia mucho más frágil: la memoria y el cansancio.
Mis tías me despidieron con la bendición en la frente y el miedo en los ojos, ese miedo antiguo de las mujeres que saben que el progreso suele alimentarse de la ausencia de los hombres. Yo, en cambio, caminaba con la inseguridad del que ignora el rumbo. Remitido a la gran ciudad, resignado a una verdad que no oliera a tabaco barato ni a patios de ferrocarril abandonados. En tal circunstancia, debía convertirme en el autor de mi propio destino.
Por mis temores de forastero en la capital de México hice un juicio temerario del entorno indiferente del asfalto. Jamás imaginé que mi historia, y la de tantos otros, estaba a punto de ser aplastada por el cuero de una bota militar en una plaza donde el pasado y el presente se fundirían en un mismo charco de sangre.
Antes de que el silencio se hiciera absoluto, antes de que el extraño destino me devolviera a los campos de mi infancia, yo era solo un joven que creía que caminar era avanzar. Hoy sé que vivir es otra cosa. Vivir es aprender a sostenerse de esas columnas ajadas que, a pesar de las grietas, se niegan a caer.
Aprendí demasiado pronto que en este país las columnas que sostienen el cielo suelen estar limitadas por el tiempo y la desmemoria. Antes de la bota, antes del asfalto y de la sangre que no me pertenecía, yo fui un joven habitado por el aroma a tierra húmeda de mi pueblo. Salí de casa; pero no por iniciativa propia, destinado al futuro que mi padre dejó olvidado en una vía de ferrocarril, sin saber que la capital no era una meta, sino el exilio más amargo de todos: el de quien vive físicamente en un lugar mientras su alma sigue arraigada en su terruño, esperando un regreso que la historia se encargaría de mitificar.
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Paperback. Etat : new. Paperback. El Peso de las Raices Llegue a la capital con los bolsillos llenos del polvo de mi pueblo y el eco de mis vivencias infantiles golpeandome las sienes. En ese entonces, yo creia que la vida se construia sobre cimientos de marmol y promesas de justicia, estructuras imponentes que nada podria derribar. Ignoraba que las columnas que sostienen el mundo no son de piedra, sino de una sustancia mucho mas fragil: la memoria y el cansancio.Mis tias me despidieron con la bendicion en la frente y el miedo en los ojos, ese miedo antiguo de las mujeres que saben que el progreso suele alimentarse de la ausencia de los hombres. Yo, en cambio, caminaba con la inseguridad del que ignora el rumbo. Remitido a la gran ciudad, resignado a una verdad que no oliera a tabaco barato ni a patios de ferrocarril abandonados. En tal circunstancia, debia convertirme en el autor de mi propio destino. Por mis temores de forastero en la capital de Mexico hice un juicio temerario del entorno indiferente del asfalto. Jamas imagine que mi historia, y la de tantos otros, estaba a punto de ser aplastada por el cuero de una bota militar en una plaza donde el pasado y el presente se fundirian en un mismo charco de sangre.Antes de que el silencio se hiciera absoluto, antes de que el extrano destino me devolviera a los campos de mi infancia, yo era solo un joven que creia que caminar era avanzar. Hoy se que vivir es otra cosa. Vivir es aprender a sostenerse de esas columnas ajadas que, a pesar de las grietas, se niegan a caer. Aprendi demasiado pronto que en este pais las columnas que sostienen el cielo suelen estar limitadas por el tiempo y la desmemoria. Antes de la bota, antes del asfalto y de la sangre que no me pertenecia, yo fui un joven habitado por el aroma a tierra humeda de mi pueblo. Sali de casa; pero no por iniciativa propia, destinado al futuro que mi padre dejo olvidado en una via de ferrocarril, sin saber que la capital no era una meta, sino el exilio mas amargo de todos: el de quien vive fisicamente en un lugar mientras su alma sigue arraigada en su terruno, esperando un regreso que la historia se encargaria de mitificar. This item is printed on demand. Shipping may be from multiple locations in the US or from the UK, depending on stock availability. N° de réf. du vendeur 9798250163071
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