Synopsis
En el paisaje sentimental de los zaragozanos, la Virgen del Pilar ocupa un lugar especial. Lejos de la ilusión de inmovilidad que caracteriza los relatos de la tradición, su significado ha cambiado a lo largo del tiempo, adaptándose a las diversas coyunturas históricas. Desde la guerra de la Independencia hasta el franquismo, su imagen ha sido utilizada para legitimar discursos políticos, suscitar emociones, señalar al enemigo, movilizar a la población o construir una visión de la comunidad nacional. Entre los usos de la Virgen del Pilar sobresale el realizado por el nacionalcatolicismo, que se sirvió de esta devoción para apoyar proyectos autoritarios como los de Primo de Rivera o Franco.
Revue de presse
Inmaculada Blasco Herranz Universidad de La Laguna Hispania Sacra, LXIX 139, enero-junio 2017, 403-426, ISSN: 0018-215X El trabajo de Javier Ramón Solans constituye una de las más valiosas aportaciones que se han hecho en los últimos años al ámbito de la historia religiosa en la España contemporánea. Se podría afirmar que esta última está experimentando una profunda y bienvenida renovación y revitalización gracias a las investigaciones de una nueva generación de historiadores entre los que cabe destacar, junto a Javier Ramón, a Gregorio Alonso, Joseba Louzao, Raúl Mínguez y Ramiro Trullén. La aportación novedosa de Ramón en este campo es la de explorar, con la profundidad que ello exige, el uso político de cultos, símbolos y espacios sagrados (o mejor dicho, sacralizados) a lo largo del periodo contemporáneo. Si bien ya existían para España algunas incursiones en este terreno, como las de Carolyn Boyd, Julio de la Cueva y Joseba Louzao (con el precedente de William Christian Jr.), la de Javier Ramón es, posiblemente, la primera que analiza con tal profundidad y amplitud cronológica la utilización para fines políticos de un culto que revela, según el autor, la capacidad de adaptación y reinvención del catolicismo. «La Virgen del Pilar dice...» es, como el propio autor reconoce en la introducción, un trabajo ambicioso, en la medida en que abarca un arco cronológico muy amplio, y atípico entre los contemporaneístas, más apegados al corto plazo. Esta amplitud cronológica hace posible un estudio de la religión y de la tradición que permite «quebrar la ilusión de permanencia que generan sus relatos, revelando su carácter histórico (...)» (p. 45). En efecto, el autor logra mostrar, a través de un análisis de largo plazo, cómo una devoción concreta (la de la Virgen del Pilar) alcanzó, en primer lugar, una «posición privilegiada en el espacio público simbólico de la ciudad», al convertirse (no sin lucha), en patrona de la ciudad (1653). Y, unos años más tarde (1678), fue erigida patrona de Aragón, culminando el proceso de identificación con esta región (p. 53). Todo ello, en el marco de la dinámica contrarreformista emprendida por la Iglesia católica española. Ya en el siglo xix, y sobre la base de esas identificaciones previas «a las que podría apelar más tarde la nación para configurar su relato» (p. 59), se fue erigiendo en símbolo nacional español, dentro ya de la respuesta de la Iglesia a la secularización y la pérdida de hegemonía social y política que supusieron las revoluciones liberales. También podemos pensar que este marco cronológico amplio resulta más adecuado para el análisis de símbolos religiosos, devociones y rituales. Si bien es cierto que el autor aporta una sólida apoyatura bibliográfica acerca del análisis de los mismos por parte de la historia de las mentalidades francesa, no obstante, el tratamiento del tema podría calificarse más de político que de cultural, pues lo que se aborda en realidad es la politización de un símbolo religioso y de una devoción, la del Pilar. A pesar de que Javier Ramón se enfrenta nada menos que a dos siglos de análisis de los usos políticos del culto al Pilar, el tratamiento de ambas centurias resulta bastante equilibrado. De tal manera que la aproximación a la cuestión de cómo esta devoción mariana sirvió para legitimar visiones del mundo y regímenes políticos concretos viene acompañada de un aporte de información muy valioso para el conocimiento e interpretación de diferentes temáticas y periodos claves de la historia contemporánea de España. Es el caso del catolicismo social y político zaragozano, cuya indagación exigiría más estudios monográficos dado su impacto en todas las dimensiones del funcionamiento de la ciudad y el significado que llegó a alcanzar dentro del catolicismo social español. También el de la guerra de la Independencia, las décadas iniciales del siglo xx identificadas con la intensificación del conflicto entre clericales y anticlericales, y la II República, que fueron vividos como tres momentos de convulsión y amenaza para aquellos conceptos que la Virgen el Pilar llegó a simbolizar (patria, religión y monarquía). En los tres casos, Ramón demuestra cómo se apeló a interpretaciones apocalípticas y sobrenaturales, se puso énfasis en la figura de la Virgen como protectora e intercesora, en respuesta a la incertidumbre del momento, y emergieron «figuras retóricas reconocibles por la comunidad y que tenían enorme potencial movilizador, como eran las ideas de persecución, profecía o martirio» (p.204). Y, por último, también aporta valiosas informaciones acerca de los significados y usos que las dos dictaduras del siglo xx hicieron de la devoción al Pilar. Lo más reseñable en el tratamiento del proyecto nacionalizador en clave autoritaria de Primo de Rivera es el análisis de la vinculación de la Virgen del Pilar con el ejército a través de la justificación providencial de las campañas africanas, una ligazón que alimentó la militarización del orden religioso. Mientras que en el abordaje del régimen franquista, destaca la madurez que alcanzó (con un aparato ritualmuy desarrollado) la entidad nacional española y el uso político de la devoción pilarista para fines recristianizadores y políticamente reaccionarios. Todo ello en un contexto de exaltación de la victoria, que fue recorrido profusamente por agradecimientos y conmemoraciones en clave legitimadora del golpe militar y del triunfo de los insurgentes. A estas bienvenidas contribuciones a nuestro conocimiento de la relación devoción, religión y poder(es) político(s), habría que añadir otra virtud del trabajo: Ramón se muestra buen conocedor no solo de la historia de la ciudad de Zaragoza sino también de la política vaticana en general y en particular de las regulaciones papales de cultos y devociones. Y además, despliega una especial habilidad para conectar los desarrollos internacionales, nacionales y locales que afectan a las diferentes resignificaciones históricas del culto a la Virgen del Pilar. Un culto que, como queda demostrado, transita de la identificación local a la nacional, y, por otra parte, debe su popularidad y potencia movilizadora, como las otras muchas devociones marianas surgidas de la Europa contrarrevolucionaria, al giro mariano que imprime el Vaticano desde el siglo XIX (que alcanza su cenit en 1950 con la definición dogmática de la Asunción de la Virgen María por Pío XII). Todas estas virtudes apenas quedan ensombrecidas por los inconvenientes que derivan de la adopción de un arco temporal tan extenso. Entre ellos, destaca el hecho de que algunos periodos y temas, que podrían contribuir a la explicación y argumentación de los procesos que se abordan, son analizados muy superficialmente, como el impacto de la feminización de la religión en la respuesta católica a la modernidad, los orígenes católicos del liberalismo y la profundización en el tratamiento del culto al Pilar por parte de los diferentes gobiernos liberales y sus representantes locales. Todas estas cuestiones merecerían un mayor análisis y explicación. El autor demuestra, con profusión de datos, las dos tesis fundamentales de la investigación, que derivan de su comprensión de las devociones como constitutivas de cambios (en este caso, la adaptación del catolicismo a la contemporaneidad) y al mismo tiempo reveladoras de los mismos. En primer lugar, que los símbolos religiosos fueron usados al servicio de la respuesta contrarrevolucionaria a la secularización (así, en el proceso de rearme ideológico y simbólico de la Iglesia la vinculación emotiva de la población con la Virgen se convirtió en una exitosa vía de recristianización); por otra parte, que la versatilidad de la devoción y de sus significados muestra la adaptación del catolicismo y de la Iglesia católica zaragozana, española y vaticana al curso de los cambios políticos y culturales de la contemporaneidad. En síntesis, lo que este estudio pone en evidencia es el vigor de la respuesta católica, especialmente en los siglos xIx y xx, al mundo moderno (simbolizada a través de los cultos marianos entre otros, pero también expresada en la desprivatización de la religión, la ocupación de espacios públicos y la capacidad para significar lugares e imágenes). Esta hipótesis sitúa a esta investigación dentro de los cuestionamientos, emprendidos ya hace unos años por aquella renovada historiografía española que antes mencionaba, a la tesis de la secularización. Algunos otros de los principales debates actuales sobre el catolicismo español (más concretamente, en torno a lo que ha llegado a conceptualizarse como nacionalcatolicismo)se ven nutridos por este estudio, que contiene una puesta al día tanto en la bibliografía reciente como en los ejes de las discusiones que se han venido planteando en los últimos años. Una primera cuestión que se aborda es la de los orígenes y conceptualización del nacionalcatolicismo. Apoyado en fuentes primarias muy numerosas y variadas, muchas de ellas inéditas, Javier Ramón demuestra cómo el culto a la Virgen del Pilar ha servido de soporte para configurar esta cultura política que ha sido calificada de transversal (dentro de la derecha española). En este sentido, por una parte, contribuye a aumentar nuestro conocimiento sobre los momentos iniciales (que sitúa en los años sesenta del siglo xix), la consolidación y las reformulaciones de esa fusión entre una identidad nacional moderna y otra católica que llega a modernizarse. Pero además, apuesta por conceptualizar el nacionalcatolicismo como una cultura política moderna, que es el resultado de un proceso de adaptación (no necesariamente defensiva) a la modernidad como respuesta a sus desafíos. Por otro lado, su contribución al estudio del nacionalcatolicismo resulta sumamente original, en el marco de la historiografía española, desde un punto de vista metodológico, en la medida en que su análisis no se centra en exclusiva en discursos político-religiosos sino en los significados que se van a atribuyendo a la devoción mariana objeto de estudio. A través de fuentes manuscritas como las actas del Cabildo Metropolitano de Zaragoza y de otras entidades como la Real Cofradía del Santísimo Rosario, de fuentes impresas y publicaciones no periódicas de distinto tipo, el autor revela la ontologización de la relación entre la devoción mariana y una determinada comprensión de la nación española o, dicho de otro modo, desvela que ese vinculo no es natural sino resultado de un proceso de apropiación interesada por parte de alto clero y, ya en el siglo xx, también los laicos. Para ello, conjuga la consulta de ricas fuentes primarias con una bibliografía desbordante, que se apoya en la historia de las mentalidades francesa para la cuestión de los rituales, símbolos y representaciones, pero sin dejar de lado las aportaciones, desde el ámbito anglosajón, al análisis de las apariciones y cultos marianos en época contemporánea. En último lugar, el trabajo de Javier Ramón contribuye, como algunas otras publicaciones de la última década, a erosionar la tesis de la débil nacionalización española. La fortaleza de la cultura política nacionalcatólica y su capacidad de movilización de masas quedan corroboradas por el éxito del proceso de nacionalización española de la devoción a la Virgen del Pilar, que a su vez devino un instrumento al servicio de la construcción de una determinada identidad nacional española. A esto se añade la demostración de una de las principales líneas argumentales que han servido para respaldar la hipótesis de que la identidad nacional española, a la altura al menos del inicio de la Restauración, era mucho más sólida de lo que la débil nacionalización postulaba. Esto es, que las identidades regionales no solo no entran en conflicto con la española, sino que la refuerzan a través de lo que se ha dado en llamar el «doble patriotismo». En este caso, los también atribuidos contenidos regionalistas del culto a la Virgen del Pilar no hicieron sino fortalecer su identificación con la nación (la identidad regional aragonesa fue entendida como «quintaesencia castiza de lo español», p. 205).Este análisis del nacionalcatolicismo como resultado de la respuesta de la Iglesia y del catolicismo al reto de la secularización y de la modernidad a través de las resignificación del culto a la Virgen del Pilar resulta impecable. No obstante, la explicación que se ofrece a por qué el catolicismo se adaptó a la modernidad no es, como en la mayoría de las investigaciones que ha abordado esta cuestión, del todo satisfactoria. Aunque el autor no habla abiertamente en términos de instrumentalización por parte del catolicismo de los recursos que generó la modernidad (ferrocarril, prensa, «espectáculos de masas organizados», así como manifestaciones y mítines), tampoco presenta una explicación alternativa de esa adopción de repertorios modernos. Más aún, podría afirmarse que el enfoque adoptado, el de desvelar los usos políticos de la devoción pilarista, da como resultado una explicación más instrumental (en la que los grupos político-religiosos dominantes reformularon conscientemente los significados del culto en clave contrarrevolucionaria y conservadora del orden social) de la que el autor parece pretender. Vinculado a esto, unestudio de abajo hacia arriba, es decir, de la implicación de otros actores sociales y de la devoción popular sobre la configuración de cultos y rituales habría ofrecido otra visión menos instrumentalista de la «recomposición religiosa» en época contemporánea en España. Si, como el autor afirma, el culto a la virgen del Pilar, entre otros, contribuyó al «desarrollo de movimiento de masas nacionalista, conservador y religioso» (p. 39), cabría preguntarse si esas masas fueron meras receptoras pasivas del uso instrumental que de símbolos, rituales y cultos efectuaron la jerarquía y los dirigentes laicos. Una interrogación que solo se plantea en las conclusiones, cuando el autor reconoce que se trata de una devoción que desborda, en tanto que símbolo popular, los usos políticos y nacionales. Y, en consecuencia, conduce a la renuncia a «conocer lo que significó el Pilar para los millones de peregrinos que pasaron y siguen pasando por su templo» (p. 388).
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